Acerca de Salvador Alanis

Nací en México D.F. (me entero que la ciudad ya no se llama así y me hace sentir que nací en un lugar que ya no existe), en julio de 1964. A la mitad del año, a la mitad del día. Creo que por esa razón, siempre he estado confundido acerca del lugar y el momento al que voy o en el que vivo.

México, más allá de cualquier otra consideración, está en America del Norte.  En general, cuando esto sale al tema, algunos de mis amigos que no son mexicanos, me lanzan una mirada llena de sospecha y no tardan en hacer algún comentario burlón.  Es extraño que sea así, pero la ciudad de México, con todo y su clima templado y su temperamento tropical, está en el norte.  Una noche, en una época en la que trabajé en Escandinavia, me invitaron a una cena de celebración en la que tuve que cantar y comer una sopa de sangre de ganso.  Al finalizar la fiesta, la noche era muy fría, pero la bebida y la sopa me ayudaron a generar el calor suficiente para no tener frío en Suecia.  Todos me miraron, esperando que cayera desmayado por un ataque de hipotermia, mientras caminabamos por las calles de Malmö.  Cuando llegamos a nuestro hotel, les dije que no tenía frío porque yo era un mexicano del Norte.  Al día siguiente tuve que manterme en la cama con fiebre y escalofríos.

En la escuela, llegó alguna vez a mis manos un mapamundi elaborado por un geógrafo argentino en el cual, los hemisferios estaban invertidos.  Según el teórico argentino, la idea de situar a los paises del norte arriba en el mapa era solamente la expresión de una idea imperialista.  Él defendía a capa y espada que no había una razón válida para pensar que el mundo tuviera que estar organizado espacialmente de la forma como los mapas lo indicaban, por lo cual, su propuesta consistía en poner en la sección más alta del mapa a lo que ahora conocemos como polo sur, y en seguida a Argentina, por supuesto.  Se podría pensar que un arreglo así incluso podría dar la sensación de peso de los continentes, ya que el hemisferio norte tiene una mayor densidad de tierra que el hemisferio sur y este arreglo podría apoyar de alguna forma la teoría de un planeta con un arriba y un abajo, con una base más pesada que la parte superior.  

Ahora pienso en el mapa invertido en el momento en que decido irme a vivir a Montreal con mi esposa y dos perros.  Tal vez, esta idea del norte como un centro de gravedad que gira los ejes de la tierra y nos atrae fuertemente es lo que de pronto me hace moverme hacia regiones más septentrionales.  Cuando mi abuela me llevaba en el recién abierto metro de la ciudad de México, veía al otro lado del andén y preguntaba si en algún momento ella y yo estaríamos en ese otro lado.  Ella me decía que sí, que al regresar lo haríamos por el andén de enfrente.  Me tranquilizaba pensar que también conocería el otro lado del camino y esperaba ese momento para poder imaginarme como me veía cuando mi abuela y yo esperábamos el tren.  Desafortunadamente, al regresar me encontraba otra vez en el mismo andén, mirando al andén frente a mí como un lugar lejano e inaccesible, por lo cual le volvía a preguntar a mi abuela si no debíamos estar en el andén de enfrente.  Ella no me entendía;  me contestaba que estábamos en el lado opuesto, lo cual me parecía absurdo. Siempre he querido estar en el andén contrario;  ahora sé que la idea es absolutamente ilusoria pero lo suficientemente atractiva como para seguirlo intentando.  Me mudo al norte buscando el extremo del andén, esperando ver de cerca el punto que contemplo ahora más cerca del Trópico de Cáncer. 

Aquí viví hasta los 18 años. Este edificio se convirtió en un hotel.