La semana pasada lo vimos alejarse. Sin más pesar ni júbilo. Sin que se pudiera hacer gran cosa. Simplemente vimos su figura perderse. En cuanto lo dejamos de ver, caminamos en silencio hasta el café más cercano y compartimos algo de comer. Lo primero que dijimos lo ignoraba pero después de un rato fue inevitable comentar que se había ido posiblemente para siempre. Mientras daba un sorbo a mi taza, el hombre que estaba al fondo del local se levantó y gritó al dependiente que atendía la caja en un idioma desconocido. El rostro del hombre estaba descompuesto y escupía al gritar, con las manos rígidas a su costado. Había bastante gente a esa hora y era evidente que nadie entendía una palabra de lo que decía. El dependiente lo miraba boquiabierto sin hacer gran cosa. El hombre perdió el aliento y calló. Su frente estaba roja y llevaba un abrigo demasiado pesado para la tarde benévola. Una mujer que ponía azúcar a su café levantó los ojos con fastidio. El hombre permaneció inmóvil durante casi un minuto. Mientras tanto, la gente seguía bebiendo a sorbos de sus tazas, guardando silencio. Yo repetí que se había alejado para siempre. Asentimos y limpiamos la mesa para irnos. Al salir, el hombre se había sentado en su lugar, cansado. Lo vimos alejarse, sin pesar, sin alegrarnos ni un poco.
Categoría: desastre
La tormenta
Trazan sus pasos el rastro de la tromba
y su camino desata la tormenta.
La ribera se disuelve en el azote
de la lluvia y el viento. En tanto viaja
contra el agua que lo ciega paso a paso
como los recuerdos ciegan el presente.
Su corriente nos arrastra atropellada
por los olores de la hierba, las tardes,
nuestra casa en llamas contra el cielo ardiente,
la pulsión que incendia nuestro pensamiento,
ese mundo que fue nuestro, desmembrado.
El torrente lleva los últimos restos
de todo, lo nuestro, lo ajeno, lo perdido;
lleva las hojas y desde lejos flota
el rastro de sus afectos olvidados.
La evidencia es su paso ante el desastre.