Parkinson primera parte

La entrevista se llevó a cabo en su casa, una tarde nublada. Nos sentamos en la mesa frente a una taza de café. Él nos empezó a decir que le parecía una idea bastante común que alguien vigilara nuestras palabras. Más que los hechos, son los pensamientos los que son objeto de escrutinio.

Nos dijo que la conciencia de ser no surgía necesariamente de un impulso interno sino que se escondía inevitable en la puesta en escena que decidimos montar todos los días. Lo que hago hoy, dijo, no es otra cosa que una representación más. Lo que más le preocupaba era que mientras pensaba, debía esconder con cuidado sus pensamientos. El que vigila puede tener una fuerza tan grande y puede ser tan cruel como el viento que arrebata la tierra de los sauces.

Dijo que su mirada nos secuestra.

Nos dijo que por momentos le gustaba seguir un parlamento fijo y hablaba pensando en ese único público. Pero el vigilante nunca aplaude; aunque a veces nosotros lo hagamos, él nunca muestra entusiasmo.

Sin duda, su abismo quedó marcado la noche en la cual su voluntad se dejaba ir, inconciente, con el flujo de los hechos, sus cosas le suceden

Desde entonces descubrió que la voluntad es apenas una breve reacción al torrente del tiempo.

Nos dijo que su voluntad es apenas un guiño que simula reconocer los designios del tiempo. Estaba seguro, contaba, que cualquiera que fuera su decisión, sería solamente un remedo de los hechos verdaderos. Cuando lo decía, alisaba el mantel con las dos manos, abriendo un espacio entre el plato y la cucharilla de café.

Decía que todos los días se levantaba convencido de que no haría nada de lo que se proponía, sino que la vida misma le marcaba la única pauta posible.

Admiraba a los ilusionistas y a quienes afirmaban tener poderes telequinéticos. Cuando lo decía, se mostraba triste.

Si escogemos un número, por ejemplo, ¿qué posibilidad hay que nos crucemos en la calle con exactamente esa cantidad de personas, antes de llegar a nuestro destino? Peor aún, ¿cómo saber cuál es nuestro destino?

Pensaba que el deseo era una expresión de la casualidad.

Le inquietaba la música programática y la música del azar lo hacía sentir profundamente triste.

Alisaba el mantel nerviosamente. De la cucharilla al plato, sin cesar.

Se quejaba de sus vecinos. En el piso de arriba vivía un músico que practicaba a deshoras. Cuando logró acostumbrarse a sus acordes repetidos, el vecino decidió invitar a otros músicos a integrarse a los ensayos. Muchas veces prefirió sentarse en la mesa a beber agua desmedidamente, mientras la música se desarrollaba.

Es como la suite de Alban Berg, decía, que fue compuesta a partir de un amor imposible.

Confesaba terror al cortarse mientras se afeitaba.

También soñaba con el viento desatado que arrancó los árboles más antiguos de los jardines de Versalles.

Para él, la distancia no era otra cosa que una expresión de lo inevitable.

Cada vez que veía un pantógrafo recordaba que en una tienda cercana a su casa, cuando era niño, exhibían una caja con el mecanismo de reproducción, con frases que lo hacían parecer un acto de magia.

Una tarde nos dijo que tomo conciencia de sí cuando se imagino una inevitable puesta en escena. Lo que hago hoy, dijo, no es otra cosa que una representación más. El gran actor es aquel que interioriza su papel al grado de olvidar el único hecho contundente: que sus palabras son parte de un parlamento escrito por un autor desconocido que fabrica un personaje absolutamente falaz.

Sentía que todas sus decisiones las tomaba en un terreno movedizo. Confesaba que se equivocaba con frecuencia al resolver cuestionarios que admitían una sola respuesta. Para él, el mundo se regía por espacios delimitados por una matemática caprichosa, en principio de esencia exclusivamente abstracta.

Gozaba con las listas y los compendios. Confesaba guardar recortes de periódico obsoletos con rankings y enumeraciones. No entendía de movimientos bursátiles, pero le daba una gran tranquilidad mirar la sección financiera en los diarios.

Sin levantar la cabeza explicó que evitaba las multitudes porque se daba cuenta que sus movimientos estaban supeditados al flujo de la masa.

Odiaba la idea de flotar con la multitud.

El hipo, los estornudos y los temblores nocturnos lo aterraban.

Temía firmar una carta poder. Cualquier compromiso escrito parecía un riesgo mortal.
Recordaba la noche en que una cantante subió al escenario absolutamente borracha. Actuaría fingiendo cantar, mientras una pista grabada tocaba en el fondo. Intentó mover la boca de acuerdo con la letra de la canción, pero su estado provocó que se equivocara consistentemente, hasta que detuvo la mirada perdida y dejó la boca entreabierta, mientras la música terminaba por su lado. Confesó que en ese momento, viéndola perdida, se soltó a llorar.

También decía que le sorprendía la historia legendaria del actor que cada noche representaba al mismo personaje con un registro distinto, durante una temporada que se alargó durante mucho tiempo.

Naturalmente era presa de una compulsión inevitable de bailar con cierto tipo de música o de soltar una carcajada con el roce de algún punto del cuerpo.

Fue entonces cuando dijo, alisando el mantel, que sabía, al leer ciertos pasajes de algunos libros, que él los había escrito. Dijo que a pesar de o reconocer o recordar su composición, estaba totalmente seguro de haberlos escrito. Encontró sus textos en muchas novelas, en crónicas de viaje, en consejos de belleza y en manuales de aparatos eléctricos. Se sintió incómodo cuando alguien le hizo ver que el pasaje del que reclamaba autoría, había sido publicado varios siglos antes. Le parecía una ceguera evidente. Temblaba al decirlo y luego calló, como si se hubiera arrepentido de la confesión.

Siempre le quedaba la duda de haber tomado el abrigo correcto cuando lo descolgaba de los percheros en los restaurantes.

Lo mismo le sucedía cuando tomaba cualquier transporte público y miraba inquieto los mapas buscado respuestas.

Decía que de niño le daba miedo pensar qué sucedería cuando los profetas sufrían con lo que les dictaba el espíritu.

Alisó el mantel y nos dijo que en el fondo también hablaba de un desplazamiento de la culpa, de una exclusión o una dispensa en la cual se establecía un caso ético excepcional. El acto en sí es el depositario de la responsabilidad y no el sujeto que ejecuta. Eso es, por supuesto, inaceptable, pero era la única forma de entender el fenómeno de hablar en lenguas o de los actos que realizaba automáticamente.

Nos dijo que tenía unos amigos, gemelos idénticos. Uno de ellos comía y el otro engordaba.

Entonces se sacudió por primera vez. Fue algo extrañamente inesperado porque el lo había anunciado antes de nuestra reunión. Sin embargo, lo repentino produjo un asombro similar al que ocurre cuando vemos un fenómeno espectacular operando frente a nuestros ojos.

Él nos dijo que aunque sepamos que un volcán hará erupción o que un artefacto hará explosión, nunca dejaremos de sobresaltarnos con el estruendo.

Dijo que esa era la misma sensación que alguien experimenta al presenciar un alumbramiento.
Sus sacudidas se repetían periódicamente y al final de cada una, sacaba una pequeña libreta de color verde de su bolsillo y anotaba la hora.

La tormenta

Trazan sus pasos el rastro de la tromba

y su camino desata la tormenta.
La ribera se disuelve en el azote
de la lluvia y el viento. En tanto viaja
contra el agua que lo ciega paso a paso
como los recuerdos ciegan el presente.
Su corriente nos arrastra atropellada
por los olores de la hierba, las tardes,
nuestra casa en llamas contra el cielo ardiente,
la pulsión que incendia nuestro pensamiento,
ese mundo que fue nuestro, desmembrado.
El torrente lleva los últimos restos
de todo, lo nuestro, lo ajeno, lo perdido;
lleva las hojas y desde lejos flota
el rastro de sus afectos olvidados.
La evidencia es su paso ante el desastre.

Las primeras palabras de Pablo

Sabíamos que era probable que sus primeras palabras no fueran en
español. Las maestras en la guardería decían que ya empezaba a
ensayar con algunos sonidos y que pronto diría alguna palabra
inglesa. Nos sorprendió que la primera palabra que dijo fuera
"Batman", mientras señalaba al escudo del super héroe.

De esto se trata

Entonces, me levanto de la cama y no entiendo por qué el mareo no cesa. La ventana se me viene encima y corro hacia el otro lado tratando de esquivarla, chocando contra los pies de la cama y enredándome con la ropa tirada en el piso. Escucho los gritos a la distancia y reconozco que tengo que salir de ahí lo antes posible, tengo que acallar el llanto en la habitación contigua pero el balanceo se vuelve más violento y no me permite dar otro paso sin caer al piso una y otra vez. Decido esperar. Viajo con el vaivén mientras los gritos se vuelven más apremiantes, pero ya no puedo hacer nada. Cierro los ojos. Sigo viajando.

Nadie nos ve

1. Es común encontrar instrumentos que nos permiten ver sin ser vistos. A mi hijo le regalaron un catalejo que tiene un orificio a la mitad del cilindro y que tiene un lente para reflejar la imagen lateral, en lugar de la frontal, la que parece evidente que observa. Cuando se lo dieron le pareció una sofisticación inútil; la evidencia de la observación directa era mucho más placentera que el engaño inocente. Le gustaba más levantar la falda de las mujeres que dejar caer sutilmente el espejo o asomarse por debajo de la mesa.

 

2. Toda perversión oculta se disfruta la mitad. Cada vez que viajamos nos preguntamos qué es más importante; la fugaz experiencia vivida en el instante o el recuento al que tendremos un acceso limitado de veces.

 

3. O será también que las conversaciones de un lado a otro de los salones, sin pudor, son como el goce descarado o el grito que se desprende del bajovientre.

Mi nombre en la mesa de regalos

Publicado en Panic Magazine, http://www.panic-magazine.com

1.
Dicen que los monstruos se clasifican en dos tipos: los que su anormalidad los hace diferentes a nosotros y los que son muy parecidos a nosotros y que conviven en nuestra cotidianeidad. Cada mañana trato de convencerme de que no soy uno de ellos. Trato de identificar las diferencias, insuficientes para lanzarme al primer grupo, y después me esfuerzo por sentirme naturalmente asido a un código de naturalidad. Digo mi nombre y dudo. Trato de no pensar en que al decirlo, invoco a alguien que pienso sigue anclado a mi cuerpo.

2.
Se sabe que la mayor parte de los crímenes actuales relacionados con el robo de identidad son perpetrados por individuos que conocen a la víctima. La suplantación para sacar provecho a partir de cuentas de banco a nombre de otra persona, de hipotecas, de compras y subastas falsas o de imputación de crímenes de diversa índole, con frecuencia se dan a partir de la cercanía, de la familiaridad o al menos del estudio próximo de los hábitos o las carencias. Los estudios más recientes reflejan que aquello que se pretendía un mal atribuido al uso del Internet y el correo electrónico, está más cercano a las prácticas de pillaje comunes. Los criminales entran a la casa por invitación; comen con nosotros y nos ayudan en lo más cotidiano. En ocasiones, son parte de nuestra familia y cuando los vemos nos da mucho gusto reconocerlos entre la multitud. Se valen de un descuido insignificante; a veces basta con que estemos mirando a otro lado o que no lleguemos a la reunión que debimos. En ese momento toman nuestro nombre, nuestra personalidad social. Cambian nuestra dirección, modifican nuestro estado civil y nos vuelven odiados en círculos a los cuales no tenemos acceso. Es un yo dislocado el que hace y compromete. Lo más nuestro, nuestra intimidad tiene una cara independiente a la nuestra; baila y viaja. Ese otro yo se viste distinto y cuenta otras historias. Besamos a otras mujeres y fumamos o bebemos sin la reserva habitual. Mientras estamos dormidos, el otro se atreve y desafía a todas las leyes. No es anormal que soñemos de forma extraña o que sintamos escalofríos al mirarnos al espejo; finalmente el otro está unido por un cordón umbilical extendido a partir de un par de vocablos. Mientras alguien nos despoja, caminamos por la calle con una extraña sensación de automatismo.

3.
En la reciente novela de Rivka Galchen, el personaje principal se enfrenta a un fenómeno peculiar. Un día, una mujer, que guarda un extraordinario parecido con su esposa, se presenta en su casa vestida exactamente como ella, con los mismos gestos, corte de pelo y los mismos movimientos. El personaje principal está seguro que la mujer con la que está conviviendo es un doble de su esposa, pero no es ella. En la novela, investiga a partir de una sociedad de meteorología el origen del fenómeno y asocia la impostura con una perturbación climática. El llamado Síndrome de Capgras, que se caracteriza por la idea de que una o más personas que rodean al individuo han sido sustituidas por impostores, es presentado como algo inquietante, pero que poco a poco va derivando en un asunto relativamente placentero. Una situación de angustia puede ver ser vista como el cambio de andén, la fuga deseada.

4.
Gauvain perdió su nombre. Todos decían que lo mataron. Para dar fe de tal hazaña, mutilaron su cuerpo y repartieron las partes en diferentes lugares. Ante tal demostración, Gauvain no tenía lugar en el mundo. Él vivía y su nombre había muerto con el cuerpo desmembrado de un infeliz.

5.
Al mudarme a un país en el cual no hablan mi idioma, supe que a la gente le resultaba difícil pronunciar mi nombre. Cambié la acentuación para que me entendieran; suavicé las consonantes y fingí una apertura en las vocales que no tenía nada que ver con mi habla. Depuré el procedimiento una y otra vez hasta llegar a un sonido que guardaba un parecido lejano al nombre original, pero que podría ser repetido por mis nuevos vecinos; la prueba de fuego era cuando yo decía mi nombre y otra persona podía escribirlo. Al cabo de un año lo logré. Recibí la primera carta escrita con mi nombre correctamente, sin que lo hubiera deletreado con anterioridad a la persona que la escribió. Contrario a lo que esperaba, en ese instante sentí pánico. A partir de ese momento, volví a pronunciar mi nombre ininteligiblemente, como era originalmente, como siempre ha sido. Ante la verificación incorrecta de quien me escuchaba, sólo asentía con la cabeza.

6.
Gauvain, sobrino del Rey Arturo, salió tras Escanor. Quiso vengar la osadía de quien robara a una doncella que estaba bajo su custodia. En su camino se topó con dos mujeres que lloran junto a un joven a quien han dejado ciego. Ellas le dijeron que dos hombres habían matado a Gauvain, el famoso caballero que aumentara su fuerza con la luz del sol, y que habían sacado los ojos del joven que se lamentaba al lado de ellas. Gauvain no desmintió su muerte. Siguió su camino para liberar a la doncella robada y se empeñó en no volver hasta terminar con el equívoco y recuperar su nombre. En la aventura, Gauvain busca su nombre en el bosque, entre la gente, en la noche y en la lucha. Sin su nombre, Gauvain no es nadie.

7.
Atado a mi persona, no siempre asumí mi nombre con gusto. Recuerdo que durante una época me parecía repugnante. Culpaba a mi padre de haber perpetuado un nombre malsonante y ridículo. Prefería los nombres que no me señalaran tan distinto, que convivieran con la estadística, que su aceptación fuera inmediata por cotidiano. Años después, dediqué tiempo para que el nombre tuviera algún significado, más allá de mí. Pensaba que debía de vivir solo, como una entidad autónoma, con la posibilidad de hablar de éste en tercera persona.

8.
Mi padre era un hombre bueno y sensato. Su carácter era discreto. Como casi todos los médicos, sus juicios tendían a ser categóricos. Esta aparente severidad desaparecía frente a nosotros, sus hijos, que crecimos bajo una consigna de relativa beligerancia. Siempre nos escondió las experiencias relacionadas con la práctica médica, ya que las calificaba como asuntos graves, impropias para ser compartidas con nosotros. Cuando tuve mi primer trabajo, como asistente en una empresa de aviación, me enfrenté a un problema en el cual necesitaba la ayuda de un alto funcionario del aeropuerto. Ingenuamente busqué la oficina de la autoridad más alta en la organización nacional de los aeropuertos. El problema no ameritaba tal intervención, pero mi inmadurez me llevó a creer que si buscaba hablar con la instancia de mayor nivel, resolvería más fácilmente mi problema. Al anunciarme con la secretaria, ella me miró y se levantó del asiento sin decir palabra. Yo me quedé de pie frente a su escritorio, sin saber si debía sentarme a esperar o salir de ahí de una buena vez. Momentos después, el director salió de su oficina, diciendo mi nombre con gran familiaridad. Me abrazó y me preguntó por mi padre. Me dijo que era una gran persona y que admiraba su buen juicio. Yo pensaba lo mismo. Entramos a su oficina mientras la secretaria disimulaba una sonrisa mirando el piso. Escuchó mi caso y sin decir palabra levantó el teléfono y solucionó mi problema de inmediato. Se frotaba las manos. Reía a carcajadas. De pronto sacó un álbum de su cajón. Me mostró una foto en la que posaba con un grupo de amigos en ropa de ski, sonriendo a la cámara. Me dijo que mi padre se veía muy joven. Yo no encontré a mi padre y sin dejar de mirar la foto asentí. Insistió en que me llevara la foto, lo cual rechacé de la forma más cortés que pude. Antes de salir me regaló un libro sobre la historia de la aviación mexicana. Nunca regresé.

8.
Me inventé un abuelo alemán, entusiasta del nacionalsocialismo en el exilio. Cuando hablaba de él, bajaba la vista fingiendo pena. Decía que era el momento histórico que vivía la mayoría de los alemanes que estaban lejos de casa. A mi abuelo odontólogo, lo convertí en un rico hacendado del sureste.

9.
La habilidad natural que tenía el capitán Richard F. Burton, el célebre explorador que tradujera las Mil y una noches, para hablar diferentes idiomas – sus biógrafos dicen que hablaba veintinueve idiomas – junto con su capacidad histriónica, lo convirtieron en un espía mítico de la corona inglesa. Cuentan que en diversas ocasiones se hizo pasar por nativo del país al que llegaba, imitando a la perfección el acento de una lengua ajena. Sus insólitas transformaciones, apoyadas por disfraces perfectos, le permitieron infiltrarse en el tejido social de los países árabes, al grado de experimentar cambios íntimos en su manera de sentir el mundo. En alguno de sus diarios llega a decir que no entiende el reclamo de sus compatriotas por algunas de sus nuevas costumbres, adoptadas del mundo árabe. Su conflicto es que él mismo, a partir del encuentro de la similitud entre el Islam y el Cristianismo, así como de sus mutaciones físicas e intelectuales, a lo largo de sus diferentes incursiones en un mundo alterno, se convirtió en el otro, en un árabe por convicción. Su conversión se expresó no solamente en el idioma que ya dominaba, sino también en su estructura física y en sus forma de mirar.

10.
Gauvain tuvo que enfrentarse al demonio mismo, además de luchar contra los rivales más temibles para encontrar a aquellos que se jactaban de haberle dado muerte. Los combates y encuentros con doncellas y dueños son apenas un trámite, la sucesión extenuante de aventuras que poco reconocen su verdadera preocupación. Los rivales casi no se enteran de la búsqueda fundamental de Gauvain, el Sin Nombre, quien se bate para defender el honor de un nombre que le ha sido arrebatado. Gauvain guarda silencio; no hay forma de acreditar su legendaria destreza y todos sus actos se almacenan en un limbo del cual no saldrán a menos que logre recuperar lo que unos farsantes le han arrebatado y acredite bajo su nombre, las increíbles hazañas que acumula en su peregrinar.

11.
Al emigrar me cruzó por la mente la idea de dejarlo todo. En un alarde inconciente dije que no necesitaba de nada. Nos convertiríamos en otros, totalmente distintos. Mi esposa y mis hijos me escuchaban concientes de la torpeza. Nada nos ata. Nada nos llevaremos. Frente a nosotros solamente el horizonte.

12.
Los cirujanos plásticos defienden que con sus intervenciones pueden fortalecer el carácter y dar seguridad a sus pacientes. Basta con acortar la nariz, aumentar el volumen de los labios, hender la barbilla o quizás cambiar la actitud corporal por medio de implantes para que los nuevos individuos comiencen una nueva vida, se vuelvan seductores o simpáticos. El regalo perfecto para una quinceañera en muchas ciudades es una prótesis en los senos o la reducción quirúrgica en la cintura.

13.
Nuestra generación creció con el playback. Sorprendía que un cantante usara su voz en las presentaciones públicas y la mayoría actuaba simulando con una pista de fondo, cerrando los ojos con sentimiento.

14.
Odio a los imitadores en los teatros porque en general escogen, para sus actuaciones, modelos espeluznantes.

15.
Jocelyn Kirsch y Ed Anderton compraron y viajaron con identidades falsas, cristalizando sus deseos más frívolos a partir de tarjetas de crédito ajenas o cuentas inventadas de gente que apenas se enteraba. Al ser aprehendidos se supo que Kirsch se decía estudiante de la Universidad de Pensilvania y aseguraba hablar once idiomas, ambas afirmaciones falsas. En una de las múltiples fotos publicadas de la pareja de defraudadores, Kirsch aparece luciendo implantes en el pecho y extensiones en el cabello.

16.
Una tarde, el capitán Burton caminaba entre la gente. Su aspecto había cambiado. Vestía y miraba como un árabe, aceptado por los sufis. Unos antiguos colegas militares, caminaban en sentido opuesto. Burton chocó deliberadamente contra uno de ellos, quien maldijo a ese “negro”. Burton lo encaró y le reclamó su descortesía. Quien había practicado la broma, era Burton; la pregunta es si era él mismo quien caminaba por la plaza, usando su propio cuerpo.

17.
Nombrar de cualquier forma al demonio es llamar su atención. Se dice que habría que evitar cualquier alusión y que es mejor pasar desapercibido, no cristalizar su presencia en una voz que desataría un infortunio.

18.
Una manifestación clara de haber vendido el alma al demonio es perder la sombra. Acusa a la inmaterialidad de la propia existencia, impropia, sin territorio. Gauvain busca su nombre y se empeña por no perder su dimensión física, su fuerza, su bravura. Cualquier acto material se desvanecerá sin el registro asignado a su nombre. De nada valen los nuevos trabajos, ni los amores conquistados. Los actos se deslizan a la nada y el mundo es un territorio donde cualquier caminar es un acto proscrito, clandestino, desarticulado.

19.
Cada vez que digo mi nombre, siento un miedo profundo.

20.
Imagina la furia del caballero al caer de su caballo y golpea a su oponente. Imagina el sudor y la sangre que arde en los ojos, el sabor acre cuando la madera se rompe, cuando las mallas se quiebran y descubren la piel. Visualiza el dolor que siente al saberse herido, sin fuerzas, en el ocaso que lo debilita, con el peso de la espada también en su contra y, sobre todo, seguro de ser nadie.

21.
En sueños, evitaba ser atrapado en mi huida y me golpeaba con todas mis fuerzas contra un muro para desfigurar mi cara y hacerme irreconocible.

22.
Y si Gauvain no encontrara su nombre, entonces podría enfrentarse a una nueva vida, inventada, que termina a cada segundo que se consume, sin más premisa ni objetivo. Comería los manjares que le ofrecen en los castillos y gozaría de la compañía de las mujeres sin más afán que el de su paso. Su problema está en su memoria, en que a pesar de su intento por ser otro, volvería a hacer las mismas cosas, a blandir la espada como lo hiciera aquél que ha muerto, a hacer astillas las lanzas contra los mismos escudos, a partir el yelmo y curarse las heridas. El deseo de ser otro es solamente un simulacro.

23.
El Sin Nombre descansa. El dolor queda en el cuerpo. La mujer que lo acompaña huele a sexo al que apenas puede responder. La noche cae. Murmura con miedo su nombre perdido. Llora.

24.
El enamoramiento se compone de un juego de ocultamientos y revelaciones. El otro nos muestra quien es y pretende ser otro. La puesta en escena consuma día a día una ilusión. La mujer que duerme a su lado, una mujer desconocida y que repite los mismos gestos que su esposa, tiene un mayor poder de seducción por ser desconocida.

25.
A mi esposa le perturba cuando uso una loción distinta. Me dice que siente que me está engañando.

26.
Para Gauvain, saber que alguien había suplantado su muerte era peor que encontrar a un impostor vivo. Al vivo podría perseguirlo y retarlo a demostrar su identidad; ante su propia muerte, el reto era angustia.

27.
Nadie sabe mi nombre. No pueden pronunciarlo. Descanso mientras miro una ciudad que me gusta y a la cual no pertenezco. La tarde anuncia el final del verano, con sus ráfagas heladas y su luz impredecible. Alcanzo a oír una lengua que no conozco y sé que por más que lo esconda, alguien aprenderá a decir cómo me llamo